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España, Francia, Alemania, El resplandor.

Cuando tenía quince años, me metí en problemas con un repetidor de mi clase. Tan solo quedaban tres semanas para el fin de curso y las vacaciones de verano, pero a mí se me hicieron eternas. Cada día, cada clase, cada hora, el tipo aprovechaba para intimidarme. Cuando salíamos del colegio, yo procuraba recoger mis cosas lo antes posible y no demorarme lo más mínimo. No quería encontrármelo esperando en la puerta. Fueron días en los que lo pasé realmente mal. Al llegar a casa, sentía un enorme alivio que se iba disipando sin remedio a lo largo de la tarde, a medida que se acercaba el día siguiente. Yo sabía que sólo tenía que esperar a que nos dieran las vacaciones para no volver a ver a ese tipo en tres meses. Pasado ése tiempo, al volver a clase, seguro que el asunto habría quedado olvidado. Hay pocas cosas que el verano no te haga olvidar a ésa edad. Pero el verano parecía no llegar nunca, y yo no podía parar de pensar en mi situación, inventando en mi mente situaciones mucho peores de las que luego se daban en la realidad. Solo había algo que lograba calmar mi ansiedad.

El cine.

Y me aferré a él con todas mis fuerzas para poder aguantar. Desde muy pequeño, había descubierto que las películas pueden ser un refugio perfecto, un lugar confortable donde guarecerse de la tormenta, un espacio físico, muy tangible. No todas lo son, por supuesto, no siempre una película tiene la cualidad de convertirse en un hogar. Pero a lo largo de mi vida he podido descubrir unas cuantas películas, que se me han revelado como lugares acogedores, de arquitectura propia, tan reales y visitables para mí, como pueda serlo Roma o París.

Durante esos días infames, mi cabaña, mi película refugio, fue “Beautiful girls”, de Ted Demme. La había grabado en una cinta de VHS hacía unas semanas, no sabía muy de qué iba, pero llevaban anunciándola en Telemadrid (qué lejana ya ésa época en la que se recordaba en qué cadena habías grabado la película) mucho tiempo, y cada vez que en la promo veía a Natalie Portman patinando sobre hielo, me moría de ganas de que la pusieran de una vez. Recuerdo que dio la casualidad que el día que por fin la  iban a poner, yo me iba a mi  pueblo, me cabree mucho con Telemadrid, tuve que dejar el video programado, con el inconveniente de grabar la película con anuncios. Recuerdo con una nitidez imposible, irreal, la luz que había en el salón de mi abuela, el tacto del sillón en el que la vi, y atesoro casi como una vivencia personal el recuerdo de Timothy Hutton tocando las últimas notas de la noche sobre el piano de aquel bar. Y después, la película se fue desplegando poco a poco, y me fueron presentando a sus personajes como si fuera un vecino recién llegado a la pequeña localidad de Knights Ridge. Y cómo no, como tantos otros, como el protagonista, me enamoré de Natalie Portman. La película me gustó tanto que volví a verla al día siguiente. Me pasé toda la semana tarareando “Swett Caroline”, pero no fue hasta unas semanas después, cuando la convertí en mi refugio. Durante esa espera del verano, vi la película cada tarde. Visité a Tommy, Mo, Willie y Marty, cada día durante semanas. Puede que me pierda en Madrid, pero si alguien me soltará en Knights Ridge, podría guiar por la ciudad a cualquiera. He vivido allí mucho tiempo. Es un lugar que visito con frecuencia cuando me siento solo.

Puede que las películas no ocupen un lugar en el mapa, pero creo que en la mentalidad colectiva, tienen una presencia tan poderosa y definida como la puede tener Rusia. ¿Quién no ha visitado Tatooine, Naboo, quién no tiene presente la ciudad por la que se paseaba Deckard en Blade Runner? El cine me ha dado ciudades y países que visitar. Lugares a los que vuelvo, a menudo con nostalgia, para recordar las sensaciones que tuve la primera vez que los visité. Y muchas veces, al volver a ésa ciudad, me doy cuenta que algo ha cambiado, o descubro un rinconcito encantador que se me había pasado por alto. Puede que lo que digo suene exagerado, desde luego, sé que puede resultar excesivo, pero me da igual. Lo único que quiero es aprovechar este espacio para darle las gracias a Stanley Kubrick por construir película a película, país a país, su propia Unión Europea, mucho más cohesionada y coherente que la real.

 

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