Tag Archives: Carlos Rubio Recio

La mirada

Si eres actor, escritor, director de cine, pintor, fotógrafo, músico, escultor, en definitiva, si te dedicas a una profesión creativa, es probable que te hayan echado “la mirada”, y si lo han hecho, sabes de lo que hablo.

Quizá todo empieza cuando eres pequeño y te preguntan qué quieres ser de mayor. Al principio, a la gente, a tus padres, cualquier respuesta que des les parece bien, les hace gracia, les provoca una sonrisa. Lo malo es cuando pasan los años, y tú sigues respondiendo lo mismo. Entonces deja de hacerles tanta gracia. Y se empiezan a preocupar.

Yo de pequeño quería ser actor. Supongo que porque deseaba con todas mis fuerzas formar parte de las películas, jugar a ser otro, ayudar a Batman a salvar Gotham, montar a lomos de Fuyur y recorrer el País de Nunca Jamás, ganar al Jumanji. Quería formar parte de eso,  y la forma más evidente, y quizá la más vistosa de hacerlo, era ser actor.

Mis padres, que son unos benditos, al ver que insistía en mi proyecto vital, y preocupados por mi futuro, intentaron que mantuviera ése deseo, pero solo como un hobby, o como una segunda profesión, que siempre acompañaría a la otra, a la profesión verdadera, a la seria, a la que me iba a dar de comer. Pero lamentablemente para ellos, y quizá también para mí, siendo honestos, les salí  terriblemente cabezón, muy soñador, y muy poco práctico.

Mi madre, intentando ayudarme a cumplir mi deseo, me apuntó a una agencia de actores y me convertí en “un niño casting”. Por suerte, solo viví  la parte luminosa y divertida de ese mundillo, y no llegué a ver la otra, aunque sí llegue a vislumbrar  sus sombras en otros niños y sus madres, en sus miradas, demasiado secas, demasiado anhelantes.

Mi etapa como “niño casting” pasó sin pena ni gloria, pero yo seguía en mis trece, quería ser actor, así que me metí en un grupo de teatro para aprender a serlo. Por ésa época, empecé a escribir con frecuencia. Con mucha frecuencia.

Años después, con la misma seguridad que les había dicho a mis padres que quería ser actor, les dije que ya no quería serlo, que quería escribir y dirigir, me había dado cuenta que ahí estaba mi verdadero potencial, lo que yo realmente era, y lo que quería ser. Y ellos tuvieron que aceptarlo. Supongo que les hubiera gustado más que mi revelación me hubiera llevado a decidir ser abogado, o psicólogo, pero no se dio el caso. Aun así, intenté, a mi manera, darles el gusto de estudiar una carrera, pero ni por esas pude hacerles felices, porque de todas las carreras que podía elegir, fui a  matricularme en una de las que menos salidas tiene, Filosofía.

Durante mi segundo año en la carrera, me matriculé en una escuela de cine, y en mi primer año allí, por primera vez en mucho tiempo, tuve la certeza absoluta de que estaba haciendo lo correcto, y que ése era el camino que debía de seguir. Tenía veintiún años. Y a partir de ése momento, cuando la gente se da cuenta que vas totalmente en serio con lo de escribir y dirigir, y que no tienes un plan B, que vas a todo o nada, empiezan a echarte “la mirada”, que tiene la cualidad de hacerse más marcada cada año que pasa.

El acto de recibir “la mirada” tiene su propio ritual, y salvo pequeñas diferencias, suele ser así: Lo normal es que “la mirada” se reciba en la calle, en mí caso es lo más habitual. Sales a la calle a hacer un recado, porque has quedado, o porque te apetece dar una vuelta, sin más, y cuando vas caminando, te encuentras con unos conocidos, gente a la que conoces lo suficiente como para pararte a hablar. Por lo general suelen ser gente de la edad de mis padres o más, normalmente se trata de amigos suyos, o de los padres de alguno de mis amigos. Muy excepcionalmente, son amigos míos o gente de mi edad.  Tras intercambiar los típicos comentarios de rigor y preguntar por la familia, llega la frase que da paso inmediato al acto de lanzar “la mirada” y al acto de “recibirla”. “¿Y qué tal vas con lo tuyo, estás trabajando?”

En ése momento, me encantaría poder responder algo como, sí, acabo de terminar una película, sí, estoy de guionista en “Cuéntame”, o sí, estreno este mes una función en el Español. Sé que si contestará algo como eso, serviría como un escudo espejado frente a la mirada de Medusa, y podría dejar petrificado al conocido. Pero honestamente, todavía no he podido contestar nada parecido. Incluso en los buenos momentos, cuando he podido decir que estaba trabajando en un anuncio, o en una obra de teatro, los cortos no les valen, no he podido evitar que me echaran “la mirada”.

“La mirada” suele producirse mientras estoy hablando, mientras le cuento cómo me va la vida, y cómo me va en la profesión que decidí escoger contra viento y marea. Es entonces, según hablo, cuando noto realmente “la mirada”, noto como  esa persona me mira como si tuviera cáncer, o una enfermedad terminal, como si estuviera contemplando a un tipo realmente enfermo, muy jodido. De pronto, noto una fría brisa en el culo, y me doy cuenta que ya no estoy  vestido con la ropa que llevaba al salir del portal. Estoy vestido con una bata de hospital abierta por detrás, y mi mano sujeta un contador de suero. Es el poder de “la mirada”. El emisor de la mirada asiente con la cabeza y me sonríe como si entendiera mis tribulaciones, como si me apoyará en mi empeño, como si confiara en que voy a conseguir alcanzar mi sueño, pero en realidad lo único que está pensando es, “pobrecito, ¡la hostia que se va a pegar!…no me gustaría ser su padre.”

Llegado a este punto, como la conversación se me vuelve un poco incomoda, y tengo frío en el culo, procuro despedirme del conocido lo antes posible. Normalmente, al despedirnos, y como cierre del ritual, el conocido en cuestión  suelta una frase del tipo: “Bueno, ¡ya nos invitarás a un estreno cuando seas famoso!” “…y a tu puta madre”, pienso yo, aunque nunca es eso lo que respondo, por supuesto.

Después de despedirnos, el conocido se va por su camino, y yo por el mío. Si el desconocido va solo, supongo que me imagina durante unos segundos durmiendo bajo un puente, o pidiendo en la puerta de la iglesia. Si va acompañado, presumo que compartirá sus impresiones con su acompañante, y dará gracias al cielo porque sus hijos no son como yo, y han estudiado una carrera seria. Yo, mientras tanto, me voy pensando que algún día, le demostraré a ese conocido que yo estaba en lo cierto, que lo he logrado.

gown_

Advertisements

El posmodernismo me inquieta

En el capítulo de una serie,  el protagonista  se está duchando. De pronto, a través de las cortinas de la ducha, se intuye una sombra que entra en el baño  y se aproxima lentamente. El protagonista no se percata de la presencia. La cortina se descorre bruscamente, comienza a sonar la música  que Bernard Herrmann compuso para la secuencia más famosa de “Psicosis”. Lo absurdo de la parodia, la repetición plano por plano de la secuencia pero con otro tono, provoca la risa, la sonrisa, o la nada, según el caso y el humor del espectador.

En “Ted”, película escrita y dirigida por el creador de “Padre de familia”, serie reina en cuanto a referencias a películas, series, y cultura pop en general, se parodia una secuencia de “Aterriza como puedas”, que a su vez, ya parodiaba una secuencia de “Fiebre de sábado noche”. Parodia al cuadrado.  Quizá fue viendo esta película, cargada hasta el extremo de referencias a otras películas y series, cuando la sensación creciente que llevo sintiendo los últimos meses, llegó al punto de maduración suficiente como para que me  detuviera a pensar en ella. Lo reconozco, el posmodernismo empieza a inquietarme.

Me inquieta porque lo práctico, lo disfruto, y porque la mayoría de mis amigos lo practican y lo disfrutan por igual. Pero quizá, me da por pensar,  estemos llegando a un punto en el que la referencia pesa demasiado sobre la obra original que la cita. Me encantan los juegos de intertextualidad, y me apasionan las referencias cinematográficas de “The Simpsons”, por ejemplo. Toda obra creativa, todo autor, bebe de una o varias fuentes, que son más o menos fáciles de seguir. Pero me parece que últimamente, cada vez se abusa más de la referencia o la parodia para enmascarar algo más preocupante, la incapacidad de crear algo propio, original, que funcione igual de bien que la película a la que se alude. Se ha convertido en un recurso fácil. Y pongo el ejemplo de la comedia porque es donde más lo noto, pero creo que esto se está produciendo en todos los ámbitos de la cultura, por igual.

abbey-simpsons-road

Está claro que siempre aparecerá arte nuevo que sirva de referente para el próximo arte nuevo, de la misma forma que siempre hay hijos que se convierten en padres, y luego en abuelos. No obstante, también creo que quizá estamos enalteciendo demasiado el pasado, las obras de otros, y estamos descuidando la enorme tarea que nos corresponde a nosotros, habitantes del presente, que no es otra que crear savia nueva.

Estamos llegando a un punto, en el que, cada vez más, el contenido de un anuncio, o de una película, sólo es capaz de ser entendido y asumido si se conocen previamente los referentes a los que invoca. Y eso, de alguna manera, me inquieta. Porque es una tendencia que lleva cogiendo fuerza de manera exponencial, prácticamente desde que se inventó la imprenta, y que ahora, en la época de internet, tiene una fuerza y una presencia irrevocables. Así que, creadores del mundo, tengamos cuidado, o acabaremos siendo devorados por nuestros padres.

family-guy-tv-shows-10547520-1440-900

El cine Valderas

A veces, cuando llevo mucho tiempo sin pensar en ella, dando por supuesto su presencia en mi habitación, me acercó a la estantería y compruebo que sigue en su sitio. Custodiada por las figuras de Humphrey Bogart y Marilyn Monroe, por James Dean y Charlot. Su aspecto rudo, feo, puede inducir a engaño. Para cualquiera que no sepa su historia, tan solo es una piedra, un cascote de obra con un lado pintado de rojo. Algo muy fácil de confundir con basura en una limpieza ordinaria. Pero para mí es mucho más. Es uno de mis tótems más preciados. La piedra de un templo caído. Un pequeño trozo de pared del cine de mi barrio, del cine Valderas.

Recuerdo el tacto y la forma de sus entradas, parecidas a pequeños tickets de feria, y recuerdo el olor que te recibía nada más cruzar el umbral de su puerta. Un olor a palomitas y a regaliz que se mezclaba con el propio olor del cine, que con el paso de los años había conseguido hacerse con un olor propio, inconfundible, un esencia destilada a base de pases, de gente ocupando los mismos asientos año tras año. Aún recuerdo aquel olor dulzón, que me hacía respirar hondo al entrar, como si pudiera coger provisiones hasta que volviera a ir, como quien llena una cantimplora vacía en el desierto.

Recuerdo la ligera pendiente que había que bajar mientras buscabas un buen sitio, y recuerdo que siempre, desde la primera vez que fui, la mirada se me iba a ese techo tan alto, con ese aspecto marmoleo y gris, que me hacía imaginar las terribles consecuencias que tendría sobre mi cuerpo si le daba por derrumbarse. Al entrar en aquella sala, sentía que era mi sala, el cine que me había sido asignado para ver películas. Al igual que nos es asignado un código postal o un número de teléfono. Ese era mí cine.

En ése cine vi Parque Jurásico, con miedo y un deslumbramiento constante, y aún hoy, cada vez que veo al Tiranosaurios hacer su aparición estelar al final de la película, recuerdo como la sala rompió en aplausos. En ése cine vi Batman vuelve, también con cierto pavor y fascinación, sobre todo por Michelle Pfeiffer y su brillante Catwoman. En la pantalla de ése cine la vi por primera vez lamiendo como una gata la cara de Batman, y en esa pantalla vi como se metía un pájaro indefenso en la boca, para soltarlo ileso poco después. En ésa cine vi Matrix con mí amigo Javier. Nos metimos sin tener ni idea de qué iba. Bendito regalo. En ése cine vi Titanic sabiendo de antemano el destino del pobre Jack, porque nos lo soltó un chaval a mí y a toda la cola mientras comprábamos las entradas. Y en ése cine vi “La vida es bella”, y recuerdo que al principio me negué a aceptar el destino de Guido, cuando aquel guardia volvió solo.

Pasé por delante de ése cine durante años cada día. Estaba al lado de mi colegio. Mis amigos y yo solíamos detenernos cuando veíamos que había carteles nuevos, y nos pasábamos un rato viendo las fotos de la película. Muchas veces, con verdadera ansía, cuando la película era muy esperada. Aún recuerdo la cola que había para ver el Rey León. Daba la vuelta al cine como un cinturón.

Poco a poco, con la llegada de un multisalas que abrieron cerca, y el Kinepolis, el cine Valderas fue languideciendo, hasta que un día, cerró. No recuerdo la última película que vi en ése cine, porque mientras la veía, no era consciente de que sería la última.

Durante mucho tiempo, no sé cuánto fue en realidad, pasé por delante de aquel cine con la esperanza de ver un cartel nuevo colgado en los cristales. Pero el cartel no llegaba. Y el cine tenía cada vez más aspecto de ruina futura, de solar.

Un día, al salir del colegio, nos encontramos con un rodaje. Estaban grabando la secuencia de una serie, “Policías”, en el interior del cine. Era una serie que veíamos en casa, pero el hecho de poder volver el interior del cine, y grabar el capitulo en una cinta de VHS, hizo que siguiera la serie con mucho más interés. Finalmente, tras muchas semanas de espera, llegó el capitulo en el que aparecía el cine, mí cine. En el capitulo, uno de los protagonistas, un delincuente, se refugia en el cine abandonado para esconderse de la policía. Durante el capitulo, el cine aparece varias veces, y gracias a ése capitulo pude ver zonas que no había visto nunca, como la sala de proyección. En un momento del capitulo, perseguido por la policía, el prófugo sube a la terraza del cine, salta a una farola, se desliza por ella hasta la calle y sale corriendo. Creo que aún tengo la cinta por casa.

Finalmente, casi a traición, llegaron las excavadoras. Me hubiera gustado llevarme una butaca, algo más representativo de aquel cine, pero sabía que si aparecía en casa con una butaca vieja y polvorienta, me la iba a comer con patatas. Así que opté por coger un trocito de la pared. Un pequeño cascote pintado de rojo. Una pequeña porción de algo que sentía como mío.

Años más tarde, cuando escribí mi primer guión de largometraje, que sigue durmiendo el sueño de los justos en un cajón, hice que uno de los personajes, el hijo de los dueños de un cine muy parecido al Valderas, se refugiará allí tras matar a un chico. De alguna manera, era mi manera de volver a ése cine por última vez.

Ahora hay un bloque de pisos y un restaurante italiano donde estaba el cine. En el portal del edificio, a modo de homenaje a su predecesor, descansa el viejo proyector del cine, convertido en un bonito objeto de decoración.

Ya no hay un cine en mi barrio. El cine más cercano, un multisalas, está a las afueras, en el “Tres aguas”, un macrocentro de ocio. Y yo ahora, cuando voy al cine, suelo ir al Kinepolis. Pero en ningún otro cine me he vuelto a sentir como en ése cine.

De vez en cuando voy a algún cine de Madrid, que también se va llenando de cines cerrados, algunos verdaderos emblemas de otro tiempo, y me doy cuenta de que soy un privilegiado. Pertenezco a una generación que ha visto películas en cines de barrio, y que ha ido a algunos de los cines más bonitos de Madrid, ahora cerrados, o convertidos en tiendas de ropa. Y es que, cada vez que muere un cine, nace una tienda de ropa.

Descansen en paz.


España, Francia, Alemania, El resplandor.

Cuando tenía quince años, me metí en problemas con un repetidor de mi clase. Tan solo quedaban tres semanas para el fin de curso y las vacaciones de verano, pero a mí se me hicieron eternas. Cada día, cada clase, cada hora, el tipo aprovechaba para intimidarme. Cuando salíamos del colegio, yo procuraba recoger mis cosas lo antes posible y no demorarme lo más mínimo. No quería encontrármelo esperando en la puerta. Fueron días en los que lo pasé realmente mal. Al llegar a casa, sentía un enorme alivio que se iba disipando sin remedio a lo largo de la tarde, a medida que se acercaba el día siguiente. Yo sabía que sólo tenía que esperar a que nos dieran las vacaciones para no volver a ver a ese tipo en tres meses. Pasado ése tiempo, al volver a clase, seguro que el asunto habría quedado olvidado. Hay pocas cosas que el verano no te haga olvidar a ésa edad. Pero el verano parecía no llegar nunca, y yo no podía parar de pensar en mi situación, inventando en mi mente situaciones mucho peores de las que luego se daban en la realidad. Solo había algo que lograba calmar mi ansiedad.

El cine.

Y me aferré a él con todas mis fuerzas para poder aguantar. Desde muy pequeño, había descubierto que las películas pueden ser un refugio perfecto, un lugar confortable donde guarecerse de la tormenta, un espacio físico, muy tangible. No todas lo son, por supuesto, no siempre una película tiene la cualidad de convertirse en un hogar. Pero a lo largo de mi vida he podido descubrir unas cuantas películas, que se me han revelado como lugares acogedores, de arquitectura propia, tan reales y visitables para mí, como pueda serlo Roma o París.

Durante esos días infames, mi cabaña, mi película refugio, fue “Beautiful girls”, de Ted Demme. La había grabado en una cinta de VHS hacía unas semanas, no sabía muy de qué iba, pero llevaban anunciándola en Telemadrid (qué lejana ya ésa época en la que se recordaba en qué cadena habías grabado la película) mucho tiempo, y cada vez que en la promo veía a Natalie Portman patinando sobre hielo, me moría de ganas de que la pusieran de una vez. Recuerdo que dio la casualidad que el día que por fin la  iban a poner, yo me iba a mi  pueblo, me cabree mucho con Telemadrid, tuve que dejar el video programado, con el inconveniente de grabar la película con anuncios. Recuerdo con una nitidez imposible, irreal, la luz que había en el salón de mi abuela, el tacto del sillón en el que la vi, y atesoro casi como una vivencia personal el recuerdo de Timothy Hutton tocando las últimas notas de la noche sobre el piano de aquel bar. Y después, la película se fue desplegando poco a poco, y me fueron presentando a sus personajes como si fuera un vecino recién llegado a la pequeña localidad de Knights Ridge. Y cómo no, como tantos otros, como el protagonista, me enamoré de Natalie Portman. La película me gustó tanto que volví a verla al día siguiente. Me pasé toda la semana tarareando “Swett Caroline”, pero no fue hasta unas semanas después, cuando la convertí en mi refugio. Durante esa espera del verano, vi la película cada tarde. Visité a Tommy, Mo, Willie y Marty, cada día durante semanas. Puede que me pierda en Madrid, pero si alguien me soltará en Knights Ridge, podría guiar por la ciudad a cualquiera. He vivido allí mucho tiempo. Es un lugar que visito con frecuencia cuando me siento solo.

Puede que las películas no ocupen un lugar en el mapa, pero creo que en la mentalidad colectiva, tienen una presencia tan poderosa y definida como la puede tener Rusia. ¿Quién no ha visitado Tatooine, Naboo, quién no tiene presente la ciudad por la que se paseaba Deckard en Blade Runner? El cine me ha dado ciudades y países que visitar. Lugares a los que vuelvo, a menudo con nostalgia, para recordar las sensaciones que tuve la primera vez que los visité. Y muchas veces, al volver a ésa ciudad, me doy cuenta que algo ha cambiado, o descubro un rinconcito encantador que se me había pasado por alto. Puede que lo que digo suene exagerado, desde luego, sé que puede resultar excesivo, pero me da igual. Lo único que quiero es aprovechar este espacio para darle las gracias a Stanley Kubrick por construir película a película, país a país, su propia Unión Europea, mucho más cohesionada y coherente que la real.

 

El aficionado

Hay muchas películas que hablan sobre la fascinación del hombre por el cine. Historias que hablan de personajes deslumbrados por la posibilidad de poder capturar la vida que cruza por el visor de su cámara, gente enamorada, a menudo obsesionada, por el proceso mágico de hacer una película, de filmar. Ahora mismo me vienen a la cabeza algunos títulos, quizá los más conocidos por todos, “Cinema paraíso”, de Tornatore, “Arrebato”, de Ivan Zulueta, o “El fotógrafo del pánico”, de Michael Powell. Pero hoy quiero hablaros de una película que vi hace tiempo, y que creo que podría entrar fácilmente entre las películas más importantes de este tipo de temática, se trata de “El aficionado”, de Krzysztof Kieslowski. Muchos dicen que es su mejor película, bueno, yo no estoy de acuerdo, pero ya se sabe, para gustos los colores… y yo, particularmente, siento debilidad por “Rojo” y “Azul”.

Pero sea o no su mejor película, “El aficionado” es una obra que hay que ver, y más si te gusta el cine.

“El aficionado (Amateur)” cuenta la historia de Filip Mosz, el trabajador de una fábrica que se compra una cámara de super 8 para poder grabar a su bebé a medida que va creciendo, mes tras mes. La primera vez que vemos a Filip filmar algo, es en una reunión de amigos que han ido a verle para celebrar el nacimiento de su hija. Para enseñarles el funcionamiento de la cámara, Filip comienza a filmar a todos sus amigos en un paneo que acaba en la televisión, donde Filip filma el final de un concierto de piano que están televisando. Es una secuencia, que a mi juicio, plantea la temática de la película. El cine dentro del cine. Más tarde, cuando Filip va a ver y filmar a su hija recién nacida, tiene lugar una secuencia que plantea la semilla de otra temática importante dentro de la película, la censura, cada vez más fuerte, más opresora, a la que va a ver sometido sus filmaciones Filip a lo largo de la historia. Cuando Filip va a filmar a su hija mientras le cambian los pañales, su mujer le dice que no lo haga, porque no es correcto grabar a una niña desnuda.

En cuanto el director de la fábrica donde trabaja se entera de que Filip tiene una cámara, le encarga la filmación de un acto conmemorativo que va a tener lugar en la fábrica. La empresa se ofrece a financiar la compra del material que necesite para realizar la filmación. Y así, Filip se enfrenta a su primer trabajo, y se profesionaliza un poco al hacerse con un trípode, rollos de película, y un proyector. Material que es propiedad de la empresa, claro. Pronto, Filip comienza a sentir la necesidad de filmarlo todo, y va siendo consciente de los valores de la narración. Y pronto, demasiado pronto, para mí gusto, su mujer empieza a ver la afición de Filip como algo peligroso que amenaza a su familia, como a una fuerza maligna que pretende arrebatarle a su esposo. Lo cierto es que, desde el momento en el que Filip filma la celebración de la fiesta, su destino queda claro, porque pasa a ser un hombre con una cámara pegada a la cara, que no se despega de ella ni un momento, porque si lo hace, puede que se pierda algo importante, puede que se le escape ese momento único, casual, mágico.

Tras su primer trabajo, y su primer contacto con la edición y el montaje, Filip conoce los primeros halagos, y también los primeros movimientos de censura, que le exigen que haga cambios en su obra. Pese a ello, Filip sigue formándose como autor, y empieza a ser cada vez más consciente de las herramientas que tiene a su alcance para captar la realidad. Un nuevo mundo se abre ante él, y curiosamente, cuanto más se abre ése nuevo mundo, más parece estrecharse el mundo que ya habitaba, y más recelosa se muestra su mujer. Cuanto más se apasiona por lo que hace, cuanto mayor es su obsesión, más se debilitan los cimientos en los que Filip ha sustentado su vida; trabajo, relaciones personales, familia. Todo se resiente bajo el peso de su recién descubierta vocación. El mundo entero y su propia vida se convierten en material de filmación, donde cada momento, aunque sea una discusión de pareja, puede ser encuadrado.

Aquí os dejo  el trailer:

Meek’s Cutoff

Hace poco que descubrí el cine de Kelly Reichardt, un cine de historias mínimas, desnudo de elementos, y con personajes en constante movimiento, en busca de algo que han perdido, “Wendy and Lucy” (2008), o de algo que aún no han encontrado, “Meek’s Cutoff” (2010). Aún me quedan por ver tres de las cinco películas que componen su filmografía hasta el momento, pero las dos que he visto me han llamado mucho la atención. Sobre todo “Meek’s Cutoff”.

La película es un western que cuenta la historia de tres familias de colonos, que en 1845 recorren el territorio virgen de Oregón guiados por Stephen Meek (Bruce Greenwood), el hombre que han contratado para que les conduzca a su destino. El problema es que Meek les ha llevado por un atajo que no parece llevar a ningún sitio, que cada vez les aleja más de todo, y les adentra en un territorio inhóspito, en el que el agua potable escasea.

Esta situación desemboca poco a poco, en un interesante duelo de poder, en el que según avanza la historia, la voz de Emily Tetherow, interpretada por Michelle Williams, va tomando cada vez más protagonismo, desafiando el liderazgo masculino de la expedición.

Reichart usa los elementos mínimos para contar su historia; tres caravanas, nueve personajes, y el gran paisaje americano. Nada más. Pero es con este minimalismo con el que consigue un gran realismo, y logra que te hagas una idea, probablemente mucho más cercana a lo que nos lleva vendiendo el cine americano durante décadas, de lo que eran realmente esos viajes de peregrinación de los colonos. Verdaderas travesías por el desierto. Reichart logra realmente que te sientas participe del viaje de ésas caravanas, que sientas el calor cayendo a plomo sobre ti, la dureza del viaje. Creo, sobre todo, que lo consigue gracias al buen uso de los tiempos de plano, prolongados, como cabe esperar de éste tipo de cine, más contemplativo, y del sonido, que hace del ruido de las carretas, los cascabeles de los bueyes, y las pisadas sobre la tierra seca, un leitmotiv tan sutil como desasosegante, que ayuda a reforzar la idea del agua como verdadero tesoro a conservar para los personajes. Además, es en la suma de los pequeños detalles como Reichart logra transmitirte la forma de vida de la época, y la dificultad y el tiempo que llevaba hacer cualquier cosa. En este aspecto, me gustó especialmente un plano en el que se observa en tiempo real, sin cortes, lo que tarda el personaje de Michelle Williams en disparar, cargar, y volver a disparar, un rifle de la época.

También es muy interesante cómo Reichardt involucra y hace participe al espectador de las expectativas de los personajes, ya que cómo ellos, tú también te preguntas qué habrá detrás de la siguiente montaña. ¿Encontrarán agua, más desierto, a otros colonos, indios?

Esta duda se acrecienta cuando, en un momento de la película, apresan a un indio que les abre una vía alternativa, y qué plantea no pocas dudas en el grupo, ¿deben confiar en el indio para que les lleve hasta el agua? ¿Es un guía fiable, o solo les está llevando a la muerte? ¿Qué hay detrás de la siguiente montaña?

Para potenciar aún más esta sensación, Reichardt opta por un formato poco habitual en los tiempos que corren, y sobre todo, poco habitual en lo que al western se refiere. Reichardt utiliza un formato estrecho (1.33:1), y limita al espectador la contemplación panorámica. Esto crea una sensación extraña, te hace muy presente que parte del paisaje se te queda fuera de plano, no calculas bien las distancias, y crea cierta intranquilidad, porque si algo se acerca por detrás o por los lados, no lo vas a percibir hasta que esté muy cerca. De esta forma, no ves lo que hay detrás de una montaña, hasta que pasan por ella.

Por último, os dejo con la lectura política que se ha dado de la película, y que me parece reseñable y a tener en cuanta a la hora de verla, porque según he leído por internet, al contar la historia de un grupo de hombres y mujeres americanos, perdidos y sin rumbo en una travesía por el desierto, engañados por un guía farsante, Reichardt parece estar hablando de la era Bush. En palabras de la directora: La historia de un líder que conduce a la gente al desierto sin saber lo que está haciendo, cuyas decisiones dependen completamente de una lengua que no habla y que no tiene ningún respeto por la cultura de los nativos, nos parecía que tenía mucho de actual. Por otra parte, terminamos la película cuando Barack Obama fue elegido presidente. Les puse la cinta a dos colegas y ambos tuvieron la misma reacción: ¡Ah! Ya veo, el indio es Obama!

Ahí queda la reflexión. En definitiva, creo que “Meek’s Cutoff” es una película que hay que ver, y Kelly Reichardt una directora a la que seguir muy de cerca. Al parecer, su nueva película, que aún no ha empezado a rodar, se llama “Night moves”, y contará en el reparto con Peter Sarsgaard y Paul Dano, que también sale en Meek’s Cutoff”, interpretando a Thomas Gately.

Os dejo con el trailer de la película y una foto del verdadero Meek Cutoff.