La mirada

Si eres actor, escritor, director de cine, pintor, fotógrafo, músico, escultor, en definitiva, si te dedicas a una profesión creativa, es probable que te hayan echado “la mirada”, y si lo han hecho, sabes de lo que hablo.

Quizá todo empieza cuando eres pequeño y te preguntan qué quieres ser de mayor. Al principio, a la gente, a tus padres, cualquier respuesta que des les parece bien, les hace gracia, les provoca una sonrisa. Lo malo es cuando pasan los años, y tú sigues respondiendo lo mismo. Entonces deja de hacerles tanta gracia. Y se empiezan a preocupar.

Yo de pequeño quería ser actor. Supongo que porque deseaba con todas mis fuerzas formar parte de las películas, jugar a ser otro, ayudar a Batman a salvar Gotham, montar a lomos de Fuyur y recorrer el País de Nunca Jamás, ganar al Jumanji. Quería formar parte de eso,  y la forma más evidente, y quizá la más vistosa de hacerlo, era ser actor.

Mis padres, que son unos benditos, al ver que insistía en mi proyecto vital, y preocupados por mi futuro, intentaron que mantuviera ése deseo, pero solo como un hobby, o como una segunda profesión, que siempre acompañaría a la otra, a la profesión verdadera, a la seria, a la que me iba a dar de comer. Pero lamentablemente para ellos, y quizá también para mí, siendo honestos, les salí  terriblemente cabezón, muy soñador, y muy poco práctico.

Mi madre, intentando ayudarme a cumplir mi deseo, me apuntó a una agencia de actores y me convertí en “un niño casting”. Por suerte, solo viví  la parte luminosa y divertida de ese mundillo, y no llegué a ver la otra, aunque sí llegue a vislumbrar  sus sombras en otros niños y sus madres, en sus miradas, demasiado secas, demasiado anhelantes.

Mi etapa como “niño casting” pasó sin pena ni gloria, pero yo seguía en mis trece, quería ser actor, así que me metí en un grupo de teatro para aprender a serlo. Por ésa época, empecé a escribir con frecuencia. Con mucha frecuencia.

Años después, con la misma seguridad que les había dicho a mis padres que quería ser actor, les dije que ya no quería serlo, que quería escribir y dirigir, me había dado cuenta que ahí estaba mi verdadero potencial, lo que yo realmente era, y lo que quería ser. Y ellos tuvieron que aceptarlo. Supongo que les hubiera gustado más que mi revelación me hubiera llevado a decidir ser abogado, o psicólogo, pero no se dio el caso. Aun así, intenté, a mi manera, darles el gusto de estudiar una carrera, pero ni por esas pude hacerles felices, porque de todas las carreras que podía elegir, fui a  matricularme en una de las que menos salidas tiene, Filosofía.

Durante mi segundo año en la carrera, me matriculé en una escuela de cine, y en mi primer año allí, por primera vez en mucho tiempo, tuve la certeza absoluta de que estaba haciendo lo correcto, y que ése era el camino que debía de seguir. Tenía veintiún años. Y a partir de ése momento, cuando la gente se da cuenta que vas totalmente en serio con lo de escribir y dirigir, y que no tienes un plan B, que vas a todo o nada, empiezan a echarte “la mirada”, que tiene la cualidad de hacerse más marcada cada año que pasa.

El acto de recibir “la mirada” tiene su propio ritual, y salvo pequeñas diferencias, suele ser así: Lo normal es que “la mirada” se reciba en la calle, en mí caso es lo más habitual. Sales a la calle a hacer un recado, porque has quedado, o porque te apetece dar una vuelta, sin más, y cuando vas caminando, te encuentras con unos conocidos, gente a la que conoces lo suficiente como para pararte a hablar. Por lo general suelen ser gente de la edad de mis padres o más, normalmente se trata de amigos suyos, o de los padres de alguno de mis amigos. Muy excepcionalmente, son amigos míos o gente de mi edad.  Tras intercambiar los típicos comentarios de rigor y preguntar por la familia, llega la frase que da paso inmediato al acto de lanzar “la mirada” y al acto de “recibirla”. “¿Y qué tal vas con lo tuyo, estás trabajando?”

En ése momento, me encantaría poder responder algo como, sí, acabo de terminar una película, sí, estoy de guionista en “Cuéntame”, o sí, estreno este mes una función en el Español. Sé que si contestará algo como eso, serviría como un escudo espejado frente a la mirada de Medusa, y podría dejar petrificado al conocido. Pero honestamente, todavía no he podido contestar nada parecido. Incluso en los buenos momentos, cuando he podido decir que estaba trabajando en un anuncio, o en una obra de teatro, los cortos no les valen, no he podido evitar que me echaran “la mirada”.

“La mirada” suele producirse mientras estoy hablando, mientras le cuento cómo me va la vida, y cómo me va en la profesión que decidí escoger contra viento y marea. Es entonces, según hablo, cuando noto realmente “la mirada”, noto como  esa persona me mira como si tuviera cáncer, o una enfermedad terminal, como si estuviera contemplando a un tipo realmente enfermo, muy jodido. De pronto, noto una fría brisa en el culo, y me doy cuenta que ya no estoy  vestido con la ropa que llevaba al salir del portal. Estoy vestido con una bata de hospital abierta por detrás, y mi mano sujeta un contador de suero. Es el poder de “la mirada”. El emisor de la mirada asiente con la cabeza y me sonríe como si entendiera mis tribulaciones, como si me apoyará en mi empeño, como si confiara en que voy a conseguir alcanzar mi sueño, pero en realidad lo único que está pensando es, “pobrecito, ¡la hostia que se va a pegar!…no me gustaría ser su padre.”

Llegado a este punto, como la conversación se me vuelve un poco incomoda, y tengo frío en el culo, procuro despedirme del conocido lo antes posible. Normalmente, al despedirnos, y como cierre del ritual, el conocido en cuestión  suelta una frase del tipo: “Bueno, ¡ya nos invitarás a un estreno cuando seas famoso!” “…y a tu puta madre”, pienso yo, aunque nunca es eso lo que respondo, por supuesto.

Después de despedirnos, el conocido se va por su camino, y yo por el mío. Si el desconocido va solo, supongo que me imagina durante unos segundos durmiendo bajo un puente, o pidiendo en la puerta de la iglesia. Si va acompañado, presumo que compartirá sus impresiones con su acompañante, y dará gracias al cielo porque sus hijos no son como yo, y han estudiado una carrera seria. Yo, mientras tanto, me voy pensando que algún día, le demostraré a ese conocido que yo estaba en lo cierto, que lo he logrado.

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One response to “La mirada

  1. Pingback: La mirada « El diario de Kubelik

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