El cine Valderas

A veces, cuando llevo mucho tiempo sin pensar en ella, dando por supuesto su presencia en mi habitación, me acercó a la estantería y compruebo que sigue en su sitio. Custodiada por las figuras de Humphrey Bogart y Marilyn Monroe, por James Dean y Charlot. Su aspecto rudo, feo, puede inducir a engaño. Para cualquiera que no sepa su historia, tan solo es una piedra, un cascote de obra con un lado pintado de rojo. Algo muy fácil de confundir con basura en una limpieza ordinaria. Pero para mí es mucho más. Es uno de mis tótems más preciados. La piedra de un templo caído. Un pequeño trozo de pared del cine de mi barrio, del cine Valderas.

Recuerdo el tacto y la forma de sus entradas, parecidas a pequeños tickets de feria, y recuerdo el olor que te recibía nada más cruzar el umbral de su puerta. Un olor a palomitas y a regaliz que se mezclaba con el propio olor del cine, que con el paso de los años había conseguido hacerse con un olor propio, inconfundible, un esencia destilada a base de pases, de gente ocupando los mismos asientos año tras año. Aún recuerdo aquel olor dulzón, que me hacía respirar hondo al entrar, como si pudiera coger provisiones hasta que volviera a ir, como quien llena una cantimplora vacía en el desierto.

Recuerdo la ligera pendiente que había que bajar mientras buscabas un buen sitio, y recuerdo que siempre, desde la primera vez que fui, la mirada se me iba a ese techo tan alto, con ese aspecto marmoleo y gris, que me hacía imaginar las terribles consecuencias que tendría sobre mi cuerpo si le daba por derrumbarse. Al entrar en aquella sala, sentía que era mi sala, el cine que me había sido asignado para ver películas. Al igual que nos es asignado un código postal o un número de teléfono. Ese era mí cine.

En ése cine vi Parque Jurásico, con miedo y un deslumbramiento constante, y aún hoy, cada vez que veo al Tiranosaurios hacer su aparición estelar al final de la película, recuerdo como la sala rompió en aplausos. En ése cine vi Batman vuelve, también con cierto pavor y fascinación, sobre todo por Michelle Pfeiffer y su brillante Catwoman. En la pantalla de ése cine la vi por primera vez lamiendo como una gata la cara de Batman, y en esa pantalla vi como se metía un pájaro indefenso en la boca, para soltarlo ileso poco después. En ésa cine vi Matrix con mí amigo Javier. Nos metimos sin tener ni idea de qué iba. Bendito regalo. En ése cine vi Titanic sabiendo de antemano el destino del pobre Jack, porque nos lo soltó un chaval a mí y a toda la cola mientras comprábamos las entradas. Y en ése cine vi “La vida es bella”, y recuerdo que al principio me negué a aceptar el destino de Guido, cuando aquel guardia volvió solo.

Pasé por delante de ése cine durante años cada día. Estaba al lado de mi colegio. Mis amigos y yo solíamos detenernos cuando veíamos que había carteles nuevos, y nos pasábamos un rato viendo las fotos de la película. Muchas veces, con verdadera ansía, cuando la película era muy esperada. Aún recuerdo la cola que había para ver el Rey León. Daba la vuelta al cine como un cinturón.

Poco a poco, con la llegada de un multisalas que abrieron cerca, y el Kinepolis, el cine Valderas fue languideciendo, hasta que un día, cerró. No recuerdo la última película que vi en ése cine, porque mientras la veía, no era consciente de que sería la última.

Durante mucho tiempo, no sé cuánto fue en realidad, pasé por delante de aquel cine con la esperanza de ver un cartel nuevo colgado en los cristales. Pero el cartel no llegaba. Y el cine tenía cada vez más aspecto de ruina futura, de solar.

Un día, al salir del colegio, nos encontramos con un rodaje. Estaban grabando la secuencia de una serie, “Policías”, en el interior del cine. Era una serie que veíamos en casa, pero el hecho de poder volver el interior del cine, y grabar el capitulo en una cinta de VHS, hizo que siguiera la serie con mucho más interés. Finalmente, tras muchas semanas de espera, llegó el capitulo en el que aparecía el cine, mí cine. En el capitulo, uno de los protagonistas, un delincuente, se refugia en el cine abandonado para esconderse de la policía. Durante el capitulo, el cine aparece varias veces, y gracias a ése capitulo pude ver zonas que no había visto nunca, como la sala de proyección. En un momento del capitulo, perseguido por la policía, el prófugo sube a la terraza del cine, salta a una farola, se desliza por ella hasta la calle y sale corriendo. Creo que aún tengo la cinta por casa.

Finalmente, casi a traición, llegaron las excavadoras. Me hubiera gustado llevarme una butaca, algo más representativo de aquel cine, pero sabía que si aparecía en casa con una butaca vieja y polvorienta, me la iba a comer con patatas. Así que opté por coger un trocito de la pared. Un pequeño cascote pintado de rojo. Una pequeña porción de algo que sentía como mío.

Años más tarde, cuando escribí mi primer guión de largometraje, que sigue durmiendo el sueño de los justos en un cajón, hice que uno de los personajes, el hijo de los dueños de un cine muy parecido al Valderas, se refugiará allí tras matar a un chico. De alguna manera, era mi manera de volver a ése cine por última vez.

Ahora hay un bloque de pisos y un restaurante italiano donde estaba el cine. En el portal del edificio, a modo de homenaje a su predecesor, descansa el viejo proyector del cine, convertido en un bonito objeto de decoración.

Ya no hay un cine en mi barrio. El cine más cercano, un multisalas, está a las afueras, en el “Tres aguas”, un macrocentro de ocio. Y yo ahora, cuando voy al cine, suelo ir al Kinepolis. Pero en ningún otro cine me he vuelto a sentir como en ése cine.

De vez en cuando voy a algún cine de Madrid, que también se va llenando de cines cerrados, algunos verdaderos emblemas de otro tiempo, y me doy cuenta de que soy un privilegiado. Pertenezco a una generación que ha visto películas en cines de barrio, y que ha ido a algunos de los cines más bonitos de Madrid, ahora cerrados, o convertidos en tiendas de ropa. Y es que, cada vez que muere un cine, nace una tienda de ropa.

Descansen en paz.


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